Acerca de Nosotros

Subimos Montañas. Comemos Cachopos.

Entre cumbre y cumbre,

Folixa y Comedia

«Rex Pelagius Gegionem Visentibus…» así comienza el texto de Jovellanos fundido en pesadas planchas de bronce en las que el Rey Pelayo, caudillo de los Astures, saluda a los visitantes desde su magnífica atalaya sobre el Puerto Deportivo gijonés.

No seré yo quien se ponga a la altura del ilustre Jovino y menos aún de nuestro primer monarca Astur. Pero si has llegado hasta aquí, visitante, sé bienvenido.

No esperes encontrar en este lugar una guía de viajes, ni una enciclopedia de montaña. Esto no es más que un compendio llano y desenfadado de experiencias y lugares que de un modo u otro nos han inspirado en un momento determinado, ya sea una cumbre, una playa, un bar o una catedral.

Y hablamos de catedrales porque aquellas en las que Anatoli Bukréyev practicaba su religión son las mismas con las que George Mallory soñaba con hoyar amparándose en su conocido «Because it’s there». Y es que aunque suene a la típica romanticada cultureta de por qué subimos montañas, lo cierto es que casi 100 años después de que pronunciase aquellas palabras en una entrevista, la belleza salvaje y natural de las cumbres sigue atrapando a miles de románticos por todos los macizos de la Tierra haciendo surgir en ellos el deseo de escalarlas.

La curiosidad, sentimiento inherente al ser humano desde que el mundo es mundo, nos impulsa a ir en busca de lo desconocido y como a Mallory, es lo que inevitablemente nos lleva a recorrer las más altas cimas.

Y sí, es cierto. Simplemente porque están ahí.

Pollock

Alpinista. Dálmata. Actor. Vaca.

«Me dais asco. He visto gatos con más valor que vosotros. ¡Deja de lamerte las heridas! ¿Tienes hambre? Mata algo y cómetelo. ¿Enfermo? Descansa en paz. ¿Tienes frío? Cava un hoyo en la tierra y entiérrate. Pero nadie se da por vencido aquí. Jamás lo olvides. Jamás.»

– Isla de Perros

P.

Playu. Leyenda Urbana. Fartón.

«Enamorado del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, en él desearíamos vivir, morir y reposar eternamente, pero, esto último, en Ordiales, en el reino encantado de los rebecos y las águilas, allí donde conocí la felicidad de los Cielos y de la Tierra, allí donde pasé horas de admiración, emoción, ensueño y transporte inolvidables»

– Epitafio de la tumba de Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, en el mirador de Ordiales

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